Junio 10 2026
Las bonitas del salón
(las niñas).
Estábame yo dirigiendo mi bonito trasero de conejito al gimnasio cuando, de repente, vi a una chica que se me hizo muy familiar de la secundaria. Todavía, hasta ahora, estoy casi seguro de que era ella. Estuve a un segundo de preguntarle su nombre o si estudió en tal institución conmigo, a menos que haya sido su clon exacto.
Pero seguí de largo porque también pensé que no tenía ningún tema de conversación para ella, porque ni siquiera estábamos en el mismo salón y, de hecho, ni siquiera en la misma generación: ella era una generación arriba de la mía. Pero, mientras iba caminando, estaba pensando en que ella era muy bonita; realmente tenía las facciones muy finitas.
Continuando mi camino, encontré a otra chica que también parecía de la escuela donde yo estudié. Oquei, eso ya no es coincidencia; es simplemente mi cerebro, que ya está condicionado a ver precisamente a las chicas que se parecen —o no— a las chicas con las que conviví en la escuela. No le di importancia y seguí derecho.
Llegando al gimnasio, no pude evitar pensar y pensar y pensar en el tema. Y, mientras iba recordando a las dos chicas que vi, también pensé en muchas otras. Me sabía sus nombres y sus caras; no se me olvidaron, precisamente porque yo era muy visual. Las caras de hombres, mujeres, niños, maestros, maestras... absolutamente todos esos recuerdos todavía los tengo en mente. Entonces comencé a pensar en las niñas que iban en mi salón, en mi generación.
Mientras pensaba, también me di a la idea de que mi fealdad me ayudó mucho a centrarme en mis estudios y nada de noviazgos. Sin embargo, mientras más analizaba a las niñas, más me ponía a pensar que ellas eran bastante bonitas. Realmente no tengo idea de por qué jamás me llamaron la atención. Aquí es donde todos ustedes, bola de simios levemente educados, me comienzan a llamar gay. Pero no, no era gay; como había mencionado en entradas pasadas, yo me derretía por la maestra Johansson.
Enigüey, realmente se me hizo sorprendente la cantidad de niñas que había y que estaban bonitas. Había varias blanquitas de ojo verde hermosas, dos o tres morochas que... había una de lentes que jugaba voleibol y sí, la verdad, estaba muy bonita. Las dos ñoñas del salón, les digo ñoñas, pero en realidad estaban muy bonitas. Una de ellas tenía los rasgos muy finitos y estilizados; era alta.
¿Será que mi etapa de descubrimiento sexual fue increíblemente tarde? Carajo, ¿qué hice de mi maldita juventud? Lo que daría ahora por cualquiera de ellas. Uff, estaban muy bonitas, la verdad. Pero no me engaño: ellas jamás andarían con una especie o subespecie de mandril-conejo como yo, que además tiene pinta de indigente y cara de muy pocos amigos; morocho, chaparro, de pésima autoestima, con ansiedad social, bloguero, que odia a medio mundo, con gustos muy raros, infantil, muy estúpido y bloguero otra vez.
... Carajo, ni yo andaría conmigo mismo.
Está estrictamente prohibido comentarios tipo "anímese" o "no está feo" y demás optimismo, si ni me conocen ni me han visto, estoy culerísimo y no me incomoda, me importa un panquecito, de hecho, lo que me molesta es la gente que intenta animar a otros sin saber qué pedo haha. No borraré sus comentarios pero perderán TODOS sus conejipuntos, he dicho.








































